evolución del gato doméstico

A continuación, transcribiré un capítulo del libro Observe a su gato, del zoólogo Desmond Morris. Este capítulo cuenta como fue la evolución del gato doméstico a lo largo de la historia, desde los primeros gatos salvajes hasta los actuales gatos domésticos. Me pareció muy interesante y de fácil lectura, por eso quería compratirlo con ustedes.

El texto fue copiado del capítulo tal cual aparece, sin modificaciones. Las fotos fueron bajadas de internet para ilustrar el capítulo y le pertenecen a sus respectivos autores.

 

evolución del gato doméstico

Conocemos de forma bastante fehaciente que hace unos 3.500 años el gato estaba ya por completo domesticado. Poseemos escritos del antiguo Egipto que así lo demuestran, pero no sabemos cuándo comenzó el proceso de domesticación. Se han encontrado restos de gatos en un yacimiento neolítico en Jericó, que datan de hace 9.000 años, pero no existen pruebas de que esos felinos estuviesen domesticados. La dificultad surge de que el esqueleto del gato ha cambiado muy poco con el paso del estado salvaje al de domesticidad. Sólo cuando tengamos unos registros específicos y representaciones detalladas como los del antiguo Egipto podremos estar seguros de que ha tenido lugar la transformación del gato salvaje en animal doméstico. 

 

Una cosa está clara: no debió existir la domesticación del gato con anterioridad a la revolución agrícola del período neolítico. En este aspecto el gato difiere del perro. Los perros tenían un papel significativo que representar incluso antes de la llegada de la agricultura. Ya en el período paleolítico, el hombre cazador prehistórico fue capaz de hacer buen uso de un compañero cazador de cuatro patas, con superiores habilidades olfatorias y auditivas, Pero el gato le sirvió muy poco al hombre primitivo hasta que hubo progresado a la fase agrícola y comenzó a conservar grandes cantidades de alimentos. Los almacenes de grano, en particular, debieron atraer una población pululante de ratas y ratones casi desde el mismo momento en que el hombre cazador pasó de nómada a sedentario y se convirtió en granjero. En las primeras ciudades, donde los almacenes eran grandes, se hubiera convertido en tarea imposible para los guardianes descubrir a los ratones y matarlos en número suficiente como para eliminarlos o, incluso, para prevenir que se multiplicasen. Una de las primeras plagas que debió conocer el hombre urbano sería una infestación masiva de roedores. Cualquier carnívoro que contase entre sus presas a ratas y ratones les parecería a los acosados custodios de alimentos un enviado de los dioses. Resulta fácil imaginarse cómo un buen día alguien observó casualmente que unos cuantos gatos salvajes merodeaban por los silos y cazaban ratones. ¿Por qué no alentarles? Para los gatos, aquella escena debió de ser difícil de creer. Por todas partes les rodeaba un huidizo festín como jamás habían encontrado hasta entonces. Habían desaparecido las interminables esperas agazapados en el suelo. Todo cuanto necesitaban hacer era darse un indolente paseo hasta los aledaños de los vastos almacenes de grano, y allí les aguardaba un supermercado para gourmets con gordos roedores, alimentados con grano. De este estadio al de cuidar y criar a los gatos para incrementar la destrucción de los roedores no había más que un paso, puesto que era algo que beneficiaba a las dos partes.
 

 

 

 

 

 

Con nuestros eficientes métodos modernos para controlar a los animales dañinos, nos resulta difícil imaginar lo que significó el gato para aquellas primitivas civilizaciones, pero unos cuantos hechos acerca de las actitudes de los antiguos egipcios hacia los queridos felinos nos ayudarán a comprender la importancia que se les concedió en aquella época. Por ejemplo, se les consideraba animales sagrados, y el castigo por matarlos era la pena capital. Si un gato fallecía en casa de muerte natural, todos los inquilinos tenían que ponerse de luto, lo que incluía tener que afeitarse las cejas. Después de la muerte el cuerpo del gato egipcio era embalsamado ceremoniosamente, el cuerpo se liaba con envolturas de diferentes colores y su cara se cubría con una máscara labrada en madera. A algunos los metían dentro de un ataúd de madera en forma de gato y a otros los envolvían en paja trenzada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los enterraban en cementerios para gatos en número enorme, literalmente, millones de ellos. La diosa gata era llamada Bastet, que significaba “el habitante de Bast”. Bast era la ciudad en que se ubicaba el templo principal de los gatos, y donde cada primavera convergían hasta medio millón de personas para los actos de culto. En cada una de esas ceremonias se enterraban unos 100.000 gatos momificados para honrar a la diosa virgen felina (que, presumiblemente, fue una precursora de la Virgen María). Esos festivales de Bastet se decían que eran los más populares y mejor cuidados de todo el antiguo Egipto, un éxito tal vez no desconectado con el hecho de que incluían salvajes celebraciones orgiásticas y “bacanales rituales”. Asimismo, el culto del gato fue tan popular que duró más de 2.000 años. Oficialmente se prohibió el año 390 de nuestra era, pero por aquel entonces ya se encontraba en franca decadencia. Sin embargo, en sus mejores días reflejaba el gran aprecio en que era tenido el gato en aquella antigua civilización, y las numerosas y bellas estatuas de bronce de felinos que nos han llegado dan testimonio del culto de los egipcios a su grácil forma.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

Un triste contraste con el antiguo culto a este animal es el saqueo vandálico de los británicos a los cementerios de gatos en el siglo pasado. Un ejemplo será suficiente: una consignación de 300.000 gatos momificados se embarcó para Londres' donde fueron enterrados para servir de fertilizantes en los campos de los granjeros locales. Todo cuanto sobrevivió de este episodio fue un único cráneo de gato que se encuentra en la actualidad en el Museo Británico.

Los antiguos egipcios, probablemente, habrían exigido 300.000 muertes por semejante sacrilegio; en cierta ocasión descuartizaron a un soldado romano, miembro a miembro, por haber herido a un gato. No sólo los adoraban, prohibieron también de modo expreso su exportación. Esto llevó a repetidos intentos de sacarlos ilegalmente del país como animales domésticos para hogares de elevado rango. Los fenicios, que fueron el equivalente en la antigüedad de los vendedores de coches de segunda mano, vieron en la caza del gato un interesante desafío, y comenzaron a embarcar mininos de elevado precio para los ricos caprichosos de todo el Mediterráneo. Esto debió de enojar a los egipcios, pero fue una buena noticia para el gato en aquellos viejos tiempos, porque los introdujo en nuevas áreas como objetos preciosos que debían ser muy bien tratados. Las plagas de roedores que barrían Europa dieron al gato fama de controlador de la peste, y rápidamente se extendieron por todo el continente. Los romanos fueron, claro está, los responsables de esto y a ellos se debe la introducción del gato en Britania. Sabemos que en los siglos siguientes los gatos fueron muy bien tratados habida cuenta de los castigos infligidos a quienes mataban alguno, castigos de los que hay constancia. Estos castigos no fueron tan extremados como en el antiguo Egipto, pero ciertas multas como un cordero o una oveja eran cualquier cosa menos algo trivial. La pena ideada por un rey galés en el siglo X refleja lo que significaba para él un gato muerto. El animal fue suspendido de la cola con el hocico tocando el suelo, y el castigo para el que lo mató fue ir echando grano encima de su cuerpo hasta que desapareció debajo del montón. La confiscación de este grano nos da una buena idea de lo mucho que se estimaba a un gato, por el grano que salvaba de las barrigas de ratas y ratones.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No obstante, aquellos buenos días para los gatos no iban a durar mucho. En la Edad Medía la población de felinos en Europa sufrió varios siglos de tortura, tormentos y muerte por causa de la Iglesia cristiana. Dado que habían estado implicados en los primeros rituales paganos, se proclamó a los gatos criaturas diabólicas, agentes de Satanás y familiares de las brujas, y se urgió a los cristianos de todas partes a que les infligiesen tanto dolor y sufrimiento como les fuese posible. El ser sagrado se había convertido en ser malévolo. Los gatos fueron quemados vivos en los días festivos. Centenares de millares de gatos fueron desollados, crucificados, muertos a palos, asados o arrojados desde lo alto de las torres de las iglesias a petición de los sacerdotes, como parte de una terrible purga contra los supuestos enemigos de Cristo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Afortunadamente, el único legado que tenemos hoy de aquel miserable período de la historia del gato doméstico es la superstición que aún existe de que un gato negro está relacionado con la suerte. La conexión, no obstante, no siempre es clara, porque, al viajar de un país a otro, la suerte cambia de buena a mala, lo cual causa confusión. En Gran Bretaña, por ejemplo, un gato negro significa buena suerte, mientras que en Estados Unidos y en la Europa continental, por lo general, es sinónimo de mala suerte. En algunas regiones esta actitud supersticiosa se toma aúnmuy en serio. Hace unos cuantos años un adinerado dueño de un restaurante volvía a su casa, al sur de Nápoles, a últimas horas de la noche cuando un gato negro cruzó la carretera delante de su coche. Paró el buen hombre y se estacionó a un lado de la ruta, incapaz de seguir adelante a menos que regresase él gato (para “deshacer” la mala suerte). Al verle aparcado allí en una carretera solitaria a altas horas de la noche, se detuvo a su lado un coche de la Policía, y los agentes empezaron a hacerle preguntas. Cuando se enteraron del motivo, era tal la fuerza de la superstición del gato que, negándose a conducir, para no atraer la mala suerte sobre ellos mismos, se sentaron en el coche y aguardaron a que el gato volviera a presentarse.

 

DATO PERSONAL ¿De donde surge la superstición del gato negro?

En la edad media, y debido a la fiebre de la iglesia por la caza de brujas, se creía que estas discípulas de satanás solían transformarse en animales nocturnos con el fin de poder esconderse de sus perseguidores, y acudir a los aquelarres. Estos aquelarres eran reuniones de brujas en donde su amo les revelaba secretos de la magia negra, y en donde se practicaban orgías y sacrificios humanos. Los animales en los que una bruja podía transformarse eran cuervos, lobos y, por supuesto, gatos. Todos ellos animales negros, como el arte que practicaban. Se creía que al cruzarse con un gato negro, la persona desafortunada estaría interrumpiendo el paso a la bruja, con lo cual recibía una maldición de escarmiento.

 

Aunque esas supersticiones aún sobreviven, el gato es una vez más el animal querido de la casa que ya era en el antiguo Egipto. Tal vez no sea sagrado, pero sí es grandemente reverenciado. La cruel persecución de la Iglesia duró hasta que el pueblo la rechazó y, durante el siglo XIX, se inició una nueva fase de promoción del gato en forma de concursos competitivos de felinos y en la crianza de gatos de pedigrí. Como ya he mencionado, el gato no se cría en formas diferentes para distintas tareas, como el perro, pero sí hay cierto número de cambios locales con variantes en el color, en las pautas y en la longitud del pelaje, surgidas, casi accidentalmente, en diferentes países. Los viajeros del siglo XIX comenzaron a coleccionar gatos de extraño aspecto que encontraban en el extranjero para traérselos de vuelta a la Inglaterra victoriana. Luego realizaron una crianza cuidadosa para intensificar sus especiales características. Los concursos de gatos se hicieron enormemente populares, y durante los últimos ciento cincuenta años se hanestandarizado y registrado más de cien diferentes razas depedigrí tanto en Europacomo en Norteamérica.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Todas esas razas modernas, al parecer, pertenecen a una única especie, el Felis sylvestris, el gato montés, capaces de cruzarse entre sí, tanto unas con otras como con todas las razas salvajes. En el mismo momento de la domesticación de los felinos, los egipcios comenzaron a domesticar la raza norteafricana del Felis sylvestris. Hasta hace muy poco se creía que se trataba de una especie distinta y se la denominó Felis Lybica. Pero ahora se sabe que no existe más que una raza, llamada Felis sylvestris Lybica. Es menor y más esbelta que la raza europea del gato montés y, al parecer, fue bastante fácil de domesticar. Cuando los romanos conquistaron Europa, llevaron consigo sus gatos domésticos y algunos se aparearon con las razas norteñas del gato montés y tuvieron unas crías más pesadas y robustas. Los gatos modernos de hoy lo reflejan: algunos son grandes y fuertes, como muchos de los gatos atigrados, mientras que otros son más alargados y angulosos, como las distintas razas de siameses. Es probable que esos animales siameses y las otras razas más esbeltas se hallen más próximos al original egipcio, y sus antepasados domésticos se hayan dispersado por todo el mundo sin tener ningún contacto con los de forma más pesada del norte, los gatos monteses.